se desconoce y se deforma sobre la perfecta indiferencia. Es un artificio, una representación fácilmente reconocible y forzosamente banalizada, pero despierta algo perdido o cuya falta se resiente y logra su efecto si en vez de tratar de destruirlo se cede al frágil encanto que por un instante transporta a otro sitio y otra época. Todo está suspendido sobre sí mismo para crear esa momentánea impresión de realidad de lo irreal: el altar profusamente adornado en el que se confunden la llama de los cirios y el enervante olor muerto de las flores, el traje fuera del orden utilitario del oficiante, el ritmo alternado de la música y la voz.
La que habla con tono de lamento es una monja arrodillada detrás de los dos niñoñs que hacen la primera comunión. Después de dejar acomodadas a sus tías, Esteban ve el conjunto de espaldas. Hay una primera hilera de reclinatorios en los que están una pareja en el centro y dos mujeres en las orillas; luego, en una zona intermedia, la monja, cuya misión es guiar a los protagonistas del acto en su seguimiento del oficiante, y alfrente, solos, de rodillas en sus reclinatorios, con sandalias, vestidos de blanco con una humilde imitación de un hábito de monje, los sobrinos de Eugenia y Delia. Arriba del capuchón de monje caído sobre la espalda, él es rubio y ella tiene el pelo castaño. Esteban mira al cura que celebra la misa y siente la inmediata necesidad de retratarlo. En el rostro de fray Alberto Gurría, ascético e inteligente pero también disuelto por la burla y la incredulidad, se unen la seriedad y la farsa. Es un cómplice. Resulta natural verlo a través de la cámara. Pero luego hay que volverse y retratar a los niños.
La música ha vuelto a sustituir a la voz de la monja. No tiene origen. Es un puro levantamiento; el verdadero ámbito d ela reelación, imposible de colocar en ningún lado, irreconocible, serena en su suprema sencillez. Un cuarteto de cuerdas que se lamenta y exalta, sube y se despeña; pero esa sonora plenitud pone a la capilla entera en el tono que es capaz de crear. No existe explicación para ello; es una voluntad de dejarse llevar.
Al volverse dándole la espalda al altar, la sorpresa, la incredulidad, el desconcierto, la confianza, el rechazo, el placer, la turbación de Esteban no se pueden separar. En la hilera de reclinatorios detrás de los niños y la monja, de rodillas junto a un hombre, flanqueados ambos por dos mujeres, está Mariana vestida con un traje sastre de paño negro y con un collar de perlas. Lee en su misal y tiene la cabeza ligeramente inclinada y los párpados bajos. Esteban la ha buscado sin descanso, ha revelado sus fotografías, las ha amplificado y compuesto de todas las maneras posibles, modificando la composi-
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