Sunday, June 3, 2012

3 de junio de 2012


había llegado con Anselmo y yo ni siquiera podía saber si era una amiga, una conocida. El placer de Anselmo por sorprenderme, después de tres meses de no verme, como si su obligación fuera impedir toda regularidad, cualquier continuidad. “los que estamos locos no podemos permitirnos el lujo de entrar a nosotros mismos.” No sabíamos ni lo que decíamos entonces, pero era divertido. Y el placer de Mariana dentro de esa pura suspensión en la que todavía no era nadie. “Toda la poesía occidental va a serme indiferente –dijo Anselmo y en seguida a Mariana–: ¿No quieres una copa?”
No sé por qué Mariana volteó hacia el balcón que da a la calle antes de contestar. Oí el ruido del tráfico. Anselmo tenía todavía el libro de Villaurrutia en la mano. Mariana me miró y sonrió. ¿Cómo sonríe? Era aceptar que esperaba algo. Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito. Anselmo hablando de nosotros como si no estuviéramos nosotros y la voz de Anselmo tendiera una cortina de información sobre la que ella cambiaba de postura en el sillón, tomaba de su vaso y me miraba de pronto como si yo fuese el que tenía que decidir cuál era el papel entre nosotros. Hay una superioridad en cualquier mujer que en un momento dado puede preguntar qué van a hacer conmigo cuando es ella la que se ha colocado en la situación que permitiría que hicieran con ella lo que ella quiere. Para Mariana toda la conversación era una pausa antes de pasar a ocupar el lugar central y en tanto sólo contaba el placer de imponer su presencia, sin ningún esfuerzo, porque era el vértice inevitable. Hubo un instante en que estiró las piernas hacia adelante, levantó un poco los pies del piso, uno junto al otro, se miró las puntas de las botas, alzó los brazos hasta arriba de la cabeza y unió las manos sobre su pelo castaño. La falda gris dejaba ver más de la mitad de sus muslos y cuando subió los brazos sus pechos se levantaron también y los pezones se marcaron en el suéter negro. Desnuda bajo el suéter. Cruzó las piernas de nuevo. Sus muslos, uno sobre el otro, conocidos uno para el otro, indiferentes uno al otro. Sólo unos calzones negros bajo la falda gris. Su nariz es perfecta y el labio inferior, ligeramente partido en medio, la delata y define. Está siempre como volcada sobre sí misma en su aparente olvido. Y Anselmo recordando nuestra infancia, algo de nosotros. Él y yo. ¿Cuándo?
No hay tiempo. Nunca se termina de crecer. No. No se crece; se está inmóvil. La memoria. Yo soy ése; Anselmo es ése. No somos nadie. Quizás si hubiéramos tenido una profesión. Un mundo de adultos en vez de unos niños fijos en un parque. El que siempre será nuestro parque, entre los edificios, cada vez más cerrado sobre su

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