Tuesday, June 26, 2012

26 de junio de 2012

tonces de lo que hace años con su oficio, pero no hay lugar en el mundo para él. Habría que saberlo desde el principio. Se trata siempre de otro mundo. La fe. En la cara ascética y diluida de fray Alberto, sin cortar el ritmo de su sermón, se dibuja una mueca que oculta en seguida.
La Presencial Real no es más que un mínimo, redondo y delgado pedazo de pan sin levadura que se pega en el interior de la boca. No tenemos otro lugar que el espacio de la representación. Encontrarlo, evocarlo, hacer aparecer lo divino mediante la proyección de nuestros propios fantasmas y que lo falso sea verdadero porque, igual que siempre, el espectáculo es lo único real. La vida que se representa a sí misma, inocente, repitiendo su propio despliegue. Dios ha muerto. Se supone que lo matamos nosotros que también lo habíamos inventado. Muy pocos advierten esa enormidad. Sin embargo, el temor de estar comentando un suceso conocido es inevitable. En vez de la repetición el silencio, pero la repetición también conduce al silencio y se levanta desde ese fondo sin fondo, inmutable, el puro devenir regresa y se vuelve sobre sí mismo. En tanto, allí están las figuras, cada una en su sitio. Para vivir sin Dios, se tiene una identidad y no se siente que junt con Él esa identidad se ha perdido
Inclinado hacia adelante hasta el máximo en su reclinatorio, José Ignacio Gonzaga ve comulgar a sus hijos. Su primo ha puesto la hostia en sus bocas entreabiertas. josé Ignacio ve y lo que ve se queda fijo en el momento de ese descenso prodigioso. Después, él se levanta, junto con su esposa, junt con tantos otros que lo acompañan en la ceremonia, y comulga. Regresa vacío  a su reclinatorio. Fray Alberto, su primo, no lo ha mirado mientras le ponía la hostia en la boca. De rodillas, con la cara entre las manos, José Ignacio mira de reojo a su mujer, arrodillada también. Ella tiene la cara levantada y alguien ha tomado fotografías sin cesar, de todo y de todos. Ahora un acontecimiento sólo lo es cuando termina en un álbum. El prestigio de la imagen. Y él no tiene ninguna, ni una sola imagen suya que pudiera mirar sabiendo que le pertenece, ni siquiera a sus hijos. Su mujer se ve bella, de rodillas, con su traje sastre negro, tan seria y recogida. josé Ignacio tampoco sabe desde dónde se puede regresar a ella. Tal vez nunca se ha alejado. Son los hijos los que hacen un matrimonio. Mercedes y Luis prodigiosamente bellos también, hijos de María Inés, allí adelante, nacidos de ellos. José Ignacio, MAría Inés. Aparta las manos de la cara, se vuelve ligeramente y ve las pantorillas de ella saliendo de la falda negra. Su tía Eugenia está en primera fila. José Ignacio le sonríe.
De nuevo la música, los rezos en la lúgubre voz de la monja; pero

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