ya la ceremonia se precipita hacia su conclusión. Esteban se siente obligado a tomar unas últimas fotografías de los niños. Son los único spara los que las palabras iniciales del sermón de fray Alberto resuenan en presente.
---Ustedes niños que se disponen a recibir en su cuerpo al Señor...
Pero para ellos no hay adentro ni afuera una sola tensión los ha mantenido despojados de sí, suspendidos en una pureza intemporal, desde la que su belleza no les pertenece. En ningún momento se han mirado uno al otro. A veces, el niño se ha vuelto un instante hacia la monja, como si se sintiera inseguro respecto a las acciones que tenía que realizar. Pero entonces su sonrisa de disculpa ante nadie ponía en sus facciones un gesto de inocencia más agudo que nunca. En cambio, la seguridad de la niñas sólo era posible desde un absoluto olvido nacido de la concentración. Primero estaban a la espera y luego no pueden saber lo que ha pasado. Algo ha llegado hasta ellos y va a irse muy pronto, pero el instante es eterno. Durante toda la ceremonia no le han pertenecido más que a su propio papel, a la ceremonia misma, y su elevación es abstracta, está en el aire, sin dueño, conducida por la música, por los múltiples cirios cuyas llamas centellean en el altar, por el antiquísimo ritmo de los movimientos de fray Alberto, el enervante perfume de las flores, todo un juego de conjunciones y relaciones entrelazadas por lo inasible, pero que desciende hasta las dos figuras vestidas de blanco y se refugia en su cuerpo. Sus gesto y actitudes son los mismos antes y después de comulgar: una reserva, una curiosidad, una confianza, la transparencia de una mirada que apenas osa levantarse, la delicada firmeza de las manos infantiles que se unen a la altura del pecho, la diferencia entre el color de la piel de la niña y el niño vestidos con el mismo hábito, entre uno y otro óvalo de las caras, entre el pelo castaño y el rubio, entre lo que ya est de mujer y ya es de hombre en una y otro, hacen una unidad para la que haber encontrado la forma sin buscarla es la respuesta y sin tocarlos, haciéndose ser en su doble figura para la que nada ha terminado porque todo ocurrió en otro lado, oculto en el olvido y la entrega a una fascinación que se queda quieta y no transporta más que a la exactitud de la belleza en esa imagen infantil de lo intemporal y lo eterno encarnado en la fugacidad de dos cuerpos sin edad, vueltos representación del espíritu, que de pronto tiene unos ojos, una nariz, una boca cercanos y distantes como sólo pueden mostrarse en un cuadro, se aloja un misterio al que nadie puede acercarse sin perderse.
Con sus cámaras, Esteban ha seguido la evidencia de un transporte inexplicable en otros términos que la disponibilidad de la inocen-
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